Distrito Federal. 2001. Mis ganas de irme a otro lugar se fueron desvaneciendo cuando encontré otra vida qué vivir. Poco a poco me fui volviendo estable, predecible, tranquilo, andaba con paso despreocupado por las calles, entraba en los lugares y nadie me conocía, era de nuevo, y convenientemente, una sombra, y las tentaciones me tenían sin cuidado.
El giro que la vida dio me puso todo lo que necesitaba al alcance de la mano. Así,
teniendo yo trabajo, salud y cierto confort en términos generales no tenía para qué irme. Fueron años buenos, años tranquilos. Todo giraba alrededor de mi ciudad, mi vida era un continuo ir y venir con un montón de cosas qué hacer, y un montón más que se quedaban pendientes, mi agenda se encontraba ocupada con semanas de anticipación. Siempre estaba ocupado, pero no entendía muy bien en qué.
Mis raíces eran fuertes, mi curiosidad por emigrar estaba olvidada en algún rincón, pertenecía al lugar donde por las tardes era el encargado de uno de los hoteles del señor Schatz, en Polanco. Él me dio el voto de confianza para ponerme en un puesto privilegiado en su organización, y yo le respondía con trabajo. Cada uno cumplía diligentemente con su parte, y de esa manera ambos no teníamos motivos para quejarnos.
La Nochebuena de ese año el hotel estaba bastante tranquilo, casi todos habían salido a festejar desde temprano, de modo que tuve un tiempo para llamarle a mis amistades más cercanas, era una buena ocasión para mantener el contacto y enterarme qué habían hecho con su vida. La curiosidad me llevó a marcar a la casa de Leonardo. ¿Qué habría sido de él? Me lo imaginaba. La pura billetiza en el Norte de seguro. Carro del año. Cadenas de oro, gafas oscuras de diseñador, un Rolex y joyas a granel. Sonreí para mis adentros al imaginarlo paseando en las calles de Estados Unidos con una rubia en cada mano.
Sin embargo, la idea en mi mente era sólo un feliz extravío, muy lejos de la realidad.
Su mamá contestó el teléfono. La salude, pregunté por mi amigo. A la señora le sorprendió mi llamada, me preguntó si ya me había enterado. No entendí a qué se refería. Me dijo con la voz entrecortada que Leonardo ya había regresado. Me alegré mucho. Demasiado. Tenía muchas cosas qué contarle, había otras tantas que podríamos hacer aun. Le pedí que me lo comunicara. Imposible.
Ya había sido sepultado.
Tuvo un accidente en Texas, trabajaba en la construcción, se cayó de un quinto piso. Tenía un par de días que sus primos habían traído el cuerpo.
Fue una amarga Navidad.